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11 oct 2009

La importancia de llamarse Sigmund



Uno de los tantos cursos que deberían dar en la Facultad y no dan es el de Psicología.

Porque en el ejercicio de la profesión uno necesita permanentemente herramientas para distinguir:

  • Lo que quiere el propietario de lo que dice que quiere.

  • Cuándo aclararle a una pareja -o a socios- que uno no es el árbitro de sus disputas y que no hay uno que tiene razón, sino que tienen que alcanzar un acuerdo entre ellos para la toma de decisiones sobre el proyecto, el color de la cerámica o si hacer o no el jardín japonés.

  • Cómo y cuando motivar o azuzar a los actores del proceso constructivo según las etapas anímicas. Un poco de presión y un poco de tolerancia.

  • Cómo sacar lo mejor de los participantes que nos tocaron en cada proyecto, aunque nunca sean perfectos -según nuestro criterio- para el rol que desempeñan.

  • Cómo llevarse bien con los sufridos vecinos de la obra, que sólo quieren que termine de una vez para ver cómo se van a llevar con los nuevos habitantes de su lugar.

Todos hacemos o pensamos hacer alguna vez un curso de marketing, o de prevención de accidentes o de gerencia de proyectos.

El curso que está faltando ¿no será el de psicología aplicada?

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19 ago 2009

El cliente siempre tiene la razón

El usuario, el cliente, el dueño, el propietario, el inversor ... como quiera que lo llamen, suele saber lo que quiere. Y lo pide.

Nosotros le diremos que no es buena idea, que después esa casa no se la vende a nadie, porque a la mayoría de la gente le parecerá incómodo o absurdo tener que pasar por el dormitorio para entrar al living. Pero suelen contestar que ellos pagan y lo quieren así. El dilema no tiene solución. Uno asesora, pero ellos tienen derecho a tener aquello por lo que van a pagar.


Así es como se pueden encontrar en la realidad cosas como la de la foto. Me encantaría saber quién y porqué pidió esa distribución de aparatos sanitarios. Sin duda son de familia grande y con poco pudor, pero sigue siendo increíble.




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13 ago 2009

Las tres P

Creo que fue el "Pali"Lorente el que dijo que los arquitectos podemos resolverlo todo, menos "las dos H": humedades y honorarios. Lo comparto, pero he venido pensando si no ampliar el concepto estableciendo que entonces el problema de la construcción son "las tres P".

Unir, ensamblar, coordinar un montón de materiales y sistemas para levantar de la nada un edificio, permite sentir realmente hondo que uno deja huella. Cuando pasamos tiempo después por la construcción acabada, vienen los recuerdos mezclados con el orgullito: "Yo colaboré para hacer eso".

Y ya se olvidan los fríos, el tanque de agua que se desbordó, la humedad que se arregló cinco veces hasta dar con la tecla, o el bendito cronograma. Ahí está. La Puerta de Alcalá o la casita en la playa de la Tía Gregoria. Lo que hicimos, a pesar de todos los obstáculos que pusieron las tres P.

Todo empieza con los Propietarios. Son los que -casi siempre- hacen posible nuestro trabajo. Y también son los que menos saben de obra y de dibujo, o sea que tienen la idea de lo que quieren pero no pueden transmitirla o piden siempre lo imposible de construir.

Entonces llaman a los Proyectistas, que saben un poco más que el Propietario de dibujo y de obra, pero les interesa más que quede como se la imaginaron que si funciona o no se llueve. La obra sólo es algo que imaginan terminado, como una sucesión de fotos en la revista de onda.

Y finalmente necesitamos a los Proveedores, que siempre tienen un contratiempo, sea porque no les llegó la importación, porque les faltó gente o porque se les rompió el camión justo cuando iban en viaje para nuestra obra.

Así es como nosotros tenemos que estar todo el tiempo reclamando. Al Propietario que defina y que pague. A los Proyectistas que definan y que aclaren. Y a los Proveedores que entreguen.

Si no fuera por los Propietarios, los Proyectistas y los Proveedores, la construcción sería una de las profesiones más satisfactorias del mundo.




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La verdad de la milanesa


Para dejar un poco el enfoque de la arquitectura formal que mi amiga y socia Lercy comenta en sus artículos, yo quiero expresar lo que me pasa después de un empacho de arquitectura.

Estoy cansada, estoy harta de todo y de nada, muerta de frio, con las manos heladas, me duelen los pies (parecen empanadas), quiero comerme una vaca, me siento cargada no sé de qué, me miro las uñas y parece que hace un mes que no me lavo las manos, el pelo parece una esponja vegetal, la ropa toda sucia, me siento con olor a portland, la piel de la cara parece papel crepé, aparecen las ojeras, quedo pensando si anoté la medida que me pasaron, si marqué el trabajo para el otro día así no tengo que llegar tan temprano, que no llamé a tal subcontrato y mañana ya no voy a poder terminar tal cosa, que pensándolo bien la solución que di para tal problema no era la mejor y mañana tengo que hacer romper y tener que soportar la cara del capataz, que si me cae el ministerio de trabajo que anda por la vuelta me cocina, que no terminé la famosa planilla de control de herrajes (odiosa),que llega el inversionista y no terminé el avance prometido además de estar atrasado, que no encargué tal y cual cosa, que estamos a cierre de quincena y tengo que cerrar destajos, que no me fijé en el clima por si llueve y yo sin terminar de solucionar las humedades, ahhhhhhhhhhhhhh……. y para colmo, como diría Santiago, con la toleremia muy baja y yo sin maquillaje.

Para el que me conoce, sabe que mi solución a todo esto es siempre ser optimista, por eso siempre me van a encontrar con una sonrisa, claro está que tengo mis días malos también, pero son los menos.

Todo esto es lo que te hace arquitecto y que no nos enseñaron ni Charles Edouard Jeanneret alias Le Corbusier o Mies o la misma facultad.

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